Los mineros han terminado de almorzar. Están reposando bajo la sombra de un árbol. Su aspecto refleja su trabajo: cuerpos sudorosos manchados de tierra, brazos musculosos, espaldas anchas, algunos con una voluminosa panza. Visten camisetas, jeans, cascos con linternas potentes y botas pantaneras.
Andrés Acevedo, el encargado de elaborar la pólvora para hacer las detonaciones en el corte, es decir, los diferentes túneles que se hacen dentro de las minas, dice cansado “Este es el único trabajo en el que uno se puede hacer rico de un día para otro, por eso se vuelve una pasión. Si yo me hiciera millonario, compraría muchas cosas, montaría negocios, pero a los tres meses regresaría. Esto se vuelve un vicio. Es el embrujo verde”.
Andrés explica también que la minería es una actividad ilícita, “todo minero de por sí es ladrón, si uno hace plata es porque roba algo de las producciones. Generalmente los dueños no nos dan el porcentaje justo, de modo que los dueños también son ladrones porque ellos necesitan empleados necesitados para hacer este trabajo con la ilusión de que luego van a tener una recompensa”.
Me han ofrecido entrar al corte (¡qué suerte!). Dicen que es uno de los más fáciles. No hay que arrastrarse, tampoco la posibilidad de que mi cuerpo se quede estancado en los túneles y no me sentiré asfixiada, como muchos, cuando descienden más de veinte metros debajo de la tierra.
Alex, uno de los mineros me da las indicaciones. “Tome la linterna, será como sus ojos; póngase el casco, (¿la única medida de protección?) y camine despacio que ha salido mucha agua y es resbaloso”. Hay que subir una enramada con muchas piedras y lodo. Luego en medio de una montaña se puede ver la puerta del corte; ésta se abre lentamente y empezamos a caminar hacia la oscuridad.
Es un gran túnel, decorado por estalactitas y las piedras negras que se ven muy estables. Diez minutos después llegamos al lugar donde está la veta, es una piedra grande de color blanco como el algodón y cristalina como el hielo, ubicada en la parte superior del túnel. Esta veta demás, es el indicio de que habrá esmeraldas.
¡Pun! Golpean la roca y caen algunas piedras, “cuidado con los ojos una esquirla que le caiga y queda tuerta de por vida” me dice Clemente, otro de los mineros. ¡Pun¡ “mire es verdacho, está pintando, yo creo que en dos meses tenemos esmeralda pura”. ¡Pun! - ¿quiere intentar?- me dice Alex - yo le presto mi picador – Bueno… El picador pesa al menos cuatro kilos. ¡Pun! ¡Pun! - Hágale con fuerza, le toca con las dos manos - replica Alex. ¡Pun! Solo piedras blancas con matices verdes pero estoy satisfecha.
***
Estoy en la zona donde se arroja la tierra que sobra de las diferentes minas, que además es el centro de comercio de esmeraldas. Los habitantes le llaman ‘La playa’. Es mágica. Es la única de la que brotan esmeraldas en el mundo. No hay agua, tan solo una quebrada que atraviesa cientos de metros de piedra color de la noche, no está rodeada de arena pero si de grandes arbustos; como escondida entre las montañas, como un lugar que guarda misterios.
A este sitio llegan cientos de personas diariamente a lavar tierra de las producciones de otros cortes de esmeraldas. Son las 4 de la tarde. Ya no hay mucha gente, pero aún está Abraham, un habitante del pueblo. Su sombrero le guarda del sol y el poncho que tiene colgado en el cuello le sirve para limpiar su sudor. Ha trabajado desde la una de la mañana y al igual que hace 20 días, no ha logrado encontrar nada.
-¿Cómo hace para sobrevivir mientras tanto? - ¿de camino al rancho me robo algo. Yuca, papa… lo que encuentre, a veces gallinas cuando están mal parqueadas. Lo hago porque me toca,- dice avergonzado - Pero no siempre se puede, hoy por ejemplo solo me comí un pan con agua antes de venirme… Mi mujer trabaja en unas fincas de vez en cuando. Ella se busca qué hacer, es la que sostiene la casa mientras uno hace alguito.
Está también Yazmin Bonilla una mujer joven, pero que luce en gran manera escuálida. Su semblante y el de sus cuatro hijos revelan agotamiento. “Niños sigan mirando al piso” (quizá se encuentren una esmeralda). Los más pequeños tienen entre 2 y 4 años y la mayor tiene 17.
“Nosotros venimos acá porque para ir a los cortes, toca hacer fila desde la noche anterior y solo dejan entrar a 20 de las 700 que van diariamente. Uno sabe que si saca algo es pura suerte porque la tierra que nos dejan lavar en los cortes privados ya ha sido lavada 3 veces antes. Además, la vez pasada otras mujeres me pegaron a mí y a otras viejas para que no hubiera competencia. El problema es que llevo días y no he sacado nada, estoy desesperada porque no sé qué darles a los chinos, ¿no tiene alguito que me dé?”.
***
Blanquita, la mujer que ayuda en mi casa con el oficio, nació en este lugar hace 37 años, ha sido mi guía y mi acompañante en el recorrido. Comemos algo antes de regresar al pueblo mientras el sol se marcha como teniendo piedad de los cuerpos. La media luna se ve como la salida del túnel cuando las linternas están apagadas. Me pregunto si podremos devolvernos con tal oscuridad y las carreteras tan desafiantes.
Dos horas más tarde estamos en el hotel ‘El Castillo’. Definitivamente hay que tener mucha imaginación para verlo como un castillo. Las paredes están agrietadas, la pintura se ha desgastado, las lámparas empolvadas reflejan luz con dificultad, el piso no está nivelado, pero las camas son cómodas. El agua llega desde un pozo por mangueras, hay que bañarse en el patio. Pienso que es una suerte que solo seamos dos las huéspedes del hotel, Blanquita y yo. Luego de una ducha puedo descansar mientras se escucha de fondo los cantos congregacionales de la misa de las nueve.
En la mañana aún se escuchan canciones dedicadas a la virgen. Es domingo y habrá servicios todo el día. En el parque está la iglesia católica, con la belleza arquitectónica y ostento que caracteriza a esos templos. En la plaza de mercado se puede ver a muchos que toman cerveza, otros, toman aguardiente mientras unos pocos venden lo que queda de la semana. Hay una mujer que cuenta tranquilamente lo que parece una gran cantidad de dinero. “En este pueblo nadie roba porque siempre hay alguien que está armado” me explica Blanquita.
Cerca de la tienda de esmeraldas están tres comerciantes que se ofrecen a darme una entrevista sin habérselas pedido, “sabemos que hay muchos periodistas en estos días por la producción de esmeraldas, ¿le damos una entrevista?”
Jaime Rueda, uno de los comerciantes cuenta que en el Amarillal, otra de las minas de Muzo, ha habido una importante producción de esmeraldas, la última fue de 1.500 millones de pesos y se espera que en la próxima semana se saque una mayor. Del comercio de la esmeralda viven 45.000 personas de pueblos de Boyacá y en el caso de Muzo unos 3.000 habitantes. “Lo injusto” dice Miguel González, otro comerciante, “es que los verdaderos dueños, los que nacieron en el pueblo no pueden aspirar a un cargo mayor que el de obreros, mientras que los gringos se quedan con la mayoría de la plata”. Sin embargo, dicen que la gente ahora tiene esperanzas de que con la muerte de Víctor Carranza haya más oportunidades de trabajo.
Muzo es un pueblo de contrastes. Al rededor del lujoso polideportivo privado del ex alcalde, se pueden ver pequeñas casas de lata. A pesar de que en el pueblo se ve mucha pobreza, absolutamente todos los carros que hay son camperos o Toyotas pues son los únicos carros que aguantan las carreteras y en general ricos y pobres procuran conseguir al menos una moto.
El derroche también hace parte de la cultura. Cada dos puertas, hay una cantina o un billar y los prostíbulos abundan a las afueras del pueblo. Fredy Muñoz, un habitante del lugar, cuenta que “uno se hace cinco millones con una piedra, se compra una moto, un televisor, un equipo, hace fiesta y luego piensa que se va a enguacar al otro día, entonces pa’ qué ahorrar… mucha gente tiene esa ilusión, por eso los chinos no estudian tampoco, porque pa’ qué si se pueden hacer millonarios con una piedra”.
***
Adiela la esposa del señor que nos trajo a Muzo se ofrece a acompañarnos a Patio Bonito, uno de los barrios más segregados del pueblo. Mientras hacemos el recorrido me dice casi acosándome “mire, mire tómeles fotos a esos niños, mire ese se ve más pobre, mire las casas, mire cómo viven, tómeles fotos ¿si ve?, ¿usted puede creer que un pueblo que produce tanta plata da para que la gente viva así?. Mire, mire esa casa está más pobre que la anterior” (Adiela me hace sentir que hago un trabajo de porno-miseria. No tomaré las fotografías)
Rodolfo Forero, de 65 años y habitante de la zona me deja entrar en su casa. Es de tablas grises, techo de lata y la tierra como piso. Hay dos cuartos, una cocina con 3 cilindros de gas. Se ven pasear libremente 3 perros y varios pollos. Sus dos nietos, de 5 y 6 años, se bañan en el patio con una manguera.
Para Rodolfo el problema son los alcaldes “ellos se roban los subsidios, yo estoy inscrito a la Cruz roja, al Minuto de Dios, he pasado quejas, he ido a hablar con el alcalde pero nada. Recibo 100.000 pesos cada tres meses pero cuando esa plata llega ya la estoy debiendo” Rodolfo dice también que el alcalde anterior se adueñó de la piscina olímpica y con los subsidios del gobierno que eran para la población, se construyó el polideportivo privado.
Luego Rodolfo, repite la historia que cuentan muchos “los gringos se quedan con todo…” y habla de la riqueza de la agricultura “Boyacá es una tierra fértil y en Muzo se da cacao, yuca, papa, plátano y naranja; es una zona que puede ser ganadera, donde además se crían gallinas y patos, pero la gente se ocupa de la agricultura para no morirse de hambre, no para hacer negocio”.
***
Ha terminado el recorrido. De Bogotá solo me separan 4 horas de trocha y 2 más de carreteras pavimentadas. Fue bueno estar allí para ver cómo Muzo fácilmente es una buena fotografía de Colombia: Pobreza, corrupción, explotación, falta de educación y en la misma cantidad, ilusión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario